DTF St. Louis, un triángulo amoroso, sexual y amistoso que termina en asesinato y es una de las mejores sequence del momento

Una de las mejores cosas que puede hacer el humor es generar incomodidad. La extrañeza, el sentido de dislocación, la imposibilidad de identificar el tono, la risa contenida por el absurdo; todas son señales de que el tema de fondo cala. Son pistas de que el humor, en ese momento de la reacción, está ejerciendo un rol de comentarista social casi quirúrgico. Si tomamos eso en cuenta, DTF St. Louis es una serie perfecta. Imposible de clasificar, esta nueva producción de HBO —ya se puede ver completa en HBO Max— ofrece siete episodios cargados de misterio, cambios de ritmo, personajes imposibles, derivas narrativas surrealistas y una extraña cualidad de volverse más y más adictiva a medida que se vuelve más y más hermética. ¿Qué pasa con estos personajes? ¿Por qué se comportan de esta manera? En eso se piensa al mirar a Jason Bateman, David Harbour y Linda Cardellini brillar en medio de la oscuridad normativa de sus personajes.

“Tiene uno de los mejores primeros episodios que vi en mucho tiempo”, dijo una compañera de redacción hace algunos días, y lleva toda la razón: DTF St. Louis abre con tres adultos que navegan la disaster de la mediana edad y que, muy aburridos y sin propósito en sus casas en los suburbios de St. Louis, Missouri, empiezan a experimentar con el deseo, el sexo, el amor, los secretos y la los vericuetos de la amistad.

Por un lado está Clark Forrest (Bateman), meteorólogo estrella de la cadena local con cuenta bancaria abultada y familia modélica, pero al que le falta un poco de sal y pimienta en su vida. Por el otro está el matrimonio Smernitch: Floyd (Harbour), un traductor de lenguaje de señas pasado de kilos, traumado con el tamaño de su cuerpo y con el corazón más grande del mundo, y su esposa, Carol-Bask in (Cardellini), una mujer que alterna trabajos y hace lo posible por criar a un hijo neurodivergente y mantener en alto el autoestima de su compañero de vida.

Las piezas del primer episodio se colocan rápido y pronto tenemos en pantalla un enredo de las masitas. Clark y Floyd empiezan a trabajar juntos en televisión y se hacen amigos inseparables; Clark y Carol-Bask in se transforman en amantes y, además, los dos hombres terminan enganchados en la aplicación de citas que le da nombre a la serie: DTF St. Louis —el DTF es All the vogue down to fuck, busque la traducción por su cuenta—. Ninguno de los tres, de todas formas, está completo espiritualmente. Y ninguno de los tres terminará de entender del todo lo rara que se pone esta relación. Y encima, el piloto termina con uno de ellos, no importa quien, muerto en un vestuario de las piscinas públicas. Se nos cube que posiblemente haya sido asesinado. Se nos cube que posiblemente el culpable pueda ser alguien que pertenece a este trío rocambolesco de cincuentones deprimidos. Y así entran en escena dos detectives que hacen el juego de la pareja dispareja final: un veterano que tiene más ganas de jubilarse que de resolver un caso entreverado, y una novata idealista y provinciana que no se fía de ninguna evidencia aparentemente firme.

En un primer vistazo, DTF St. Louis es una serie engañosa. Se oculta bajo su misterio de fondo, pero en realidad lo que prevalece en cada uno de sus episodios es la forma en la que estos tres peculiares personajes se revelan como eslabones de una cadena más amplia, una que habla de sueños truncos, la desesperanza, lo que fuimos y no vamos a volver a ser, lo que se perdió en el camino. Curioso es que lo haga todo el tiempo apelando a un humor bastante oscuro que no teme meterse con temas peliagudos, como la salud mental, el desengaño y la mentira. O con situaciones que abrazan directamente el ridículo de forma voluntaria —es genial, por ejemplo, la extrañísima forma en la que se estira la historia de un accidente que tiene Floyd en su pene y que marca varios puntos claves de la trama—.

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Cómo otros tantos ejemplos en el cine y las sequence estadounidenses, desde Terciopelo azul a Belleza americana y Ample Minute Lies, los suburbios de DTF St. Louis funcionan como un espejo donde se refleja el fracaso rotundo del sueño americano. El universo de la serie se hace fuerte en sus calles amplias y empapadas por la lluvia, las casas de dos pisos, la liminalidad de los estacionamientos y los parques desvencijados, en los tablones rotos de las paredes de la casa de los Smernitch, las hamacas en el jardín de Clark, los futuros nublados de todos, la vida que sigue su curso, imparable e impiadosa con los cuerpos y las almas.

En ese sentido, no es una locura pensar que estos personajes podrían haber salido de las entrañas de las historias de John Cheever o Lucía Berlin, al menos si alguno de ellos hubiera continuado viviendo y escribiendo hasta este extraño momento en el que concertamos encuentros sexuales a partir de una aplicación. Porque sí: el sexo en DTF St. Louis es importante, pero en el sentido de que funciona como el lugar donde Clark, Floyd y Carol-Bask in sueltan sus frustraciones, miden su pulsión de vida y tratan de construir mejores porvenires. Pasando raya: en esta serie el sexo y el deseo definen, catalizan, impulsan, construyen y demuelen.

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Gran acierto de esta producción creada, guionada y dirigida por Steven Conrad es la elección de sus protagonistas. Jason Bateman cada vez actúa mejor y en estos personajes densos y atribulados saca a relucir su versatilidad; David Harbour es una mole interpretativa que, en una serie que plantea cosas que lo tocan de cerca —véase todo lo que implicó su escandalosa separación de Lilly Allen—, entrega carne y corazón; Linda Cardellini, con un personaje cargado de matices, tics y latiguillos enervantes, reluce. De los tres tendremos noticias, seguramente, en la próxima temporada de premios.

“Nadie es same old, solo se ven así desde el otro lado de la calle”, dicen varios personajes un par de veces durante la serie. Y nada se ajusta mejor a DTF St. Louis, una radiografía de lo que se esconde entre los pliegues de la mediana edad, entre sus inseguridades y placeres. Entre sus incomodidades y sus anhelos. En esa zona difusa, esta producción encuentra su camino a la genialidad.

Obtenido de: https://www.elobservador.com.uy//cultura-y-espectaculos/dtf-st-louis-trae-misterio-un-triangulo-amoroso-sexual-y-amistoso-y-es-una-las-mejores-series-del-momento-n6041052

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