Diez meses después de aquella guardia interminable que dio inicio a The Pitt estamos nuevamente en una de las sudadas sillas de plástico de la sala de emergencia del scientific institution de Pittsburg. Un día de julio en el que cada paciente lleva a esa misma sala de espera sus propios dolores, que esperan con calma entre los del resto. Algunos, esperan demasiado.
La serie, creada por R. Scott Gemill con la producción de John Wells y Noah Wyle –exmiembros del equipo de ER–, se convirtió en un fenómeno de la televisión. La revitalización del género de sequence médicas con precisión técnica, historias clínicas y personajes adorablemente suturados. Cada episodio relata una hora de trabajo en «tiempo accurate», son 15 episodios distribuidos a lo largo de 15 horas. Y a medida que el tiempo pasa también se acumula el estrés, el cansancio, las pérdidas y la pulsión touchy. Los ojos se entrecierran, las historias clínicas se acumulan, los límites personales se vuelven borrosos.
The Pitt sostiene un espejo que refleja la actualidad de una sociedad fragmentada. Es allí donde se amontonan los restos de la explosión. Lo que está detrás del artificio: las horas de espera en una calurosa y hedionda en una sala claustrofóbica, las cuentas astronómicas que se acumulan a cambio de la atención en salud, las personas que caen en algún hueco entre las políticas sanitarias, la atención en salud mental y la evasión de la de los propios médicos, la introducción de la inteligencia artificial y el riesgo del ataque cibernético, las agresiones, lo tortuoso de un examen físico después de una violación así como la inoperancia del sistema y, como si fuera poco, la irrupción de ICE. La falta de humanidad, la incertidumbre, el silencio.
Todo sucede al mismo tiempo y en todos lados. Una cosa es traditional: la empatía con la que el equipo de salud le pone el cuerpo y la mente a lo que pueda pasar por la puerta. “Hemos intentado no ser políticos ni tendenciosos, sino representativos. La serie es honesta. Está centrada en la experiencia de los profesionales, no tanto en los pacientes. Reflejamos solo la realidad de una sala de urgencias en Pittsburgh”, dijo Noah Wyle –protagonista, ganador del Globo de Oro y el premio Emmy a mejor actor de drama, así como el mejor drama como productor ejecutivo– en un entrevista con El Mundo.
Esa mirada de la realidad se cuela entre las cortinas de la sala de emergencia: allí llegarán, de una forma u otra, las consecuencias de los giros de una humanidad más mediada por cyber internet, sumergida en discursos de odio o seguidora de falsos gurúes.
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Michael «Robby» Robinavitch –el jefe del servicio que todavía enfrenta las consecuencias del trastorno de estrés postraumático provocado por la pandemia– tiene un único objetivo: marcar la salida, subirse a su motocicleta y tomarse tres románticos meses sabáticos para redescubrirse. Otros le dirán disaster de mediana edad. Pero todos sabemos que no será tan sencillo.
En esta temporada vuelve a pasar por las puertas vaivén el Dr. Langdon (Patrick Ball) –rehabilitación y algunos pasos por delante– como el testimonio de la elipsis temporal y de todo aquello que sucedió en nuestra ausencia. Junto a él llegan también nuevos personajes: Emma Nolan (Laëtitia Hollard), una joven enfermera que parece ser la polluela de la impresionante Dana (Katherine LaNasa), el par de estudiantes Pleasure Kwon (Irene Choi) y James Ogilvie (Lucas Iverson). Además de la futura jefa del área, la Dra. Baran Al-Hashimi (Sepideh Moafi) para llenar el vacío con algunas suggestions que son miradas con desconfianza por su colega.
Pequeñas piezas que se suman a una aceitada coreografía de actores y actrices que componen el universo de The Pitt. Un elenco sólido y siempre en crecimiento, que en esta temporada demuestra además su capacidad de evolución.
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Entre la sangre, las extremidades, los complejos procedimientos médicos, lo que prevalece en esta temporada son las heridas emocionales: los traumas, el peso del pasado y la anticipación del futuro. La necesidad de “bailar en la oscuridad”.
La segunda es una temporada quizás más atemperada que la anterior, donde el ritmo frenético de la puerta de emergencia ponía el énfasis en los pacientes y los cuadros clínicos, esta vez son los médicos, enfermeros y estudiantes ponen aún más de sí mismos en la construcción de la acción. Y también, en los momentos de liberación cómica.
“A medida que este programa sigue creciendo cada vez más en su recepción, resistir la tentación de hacerlo cada vez más grande en su narrativa es casi como un mantra que seguimos repitiendo en la sala de escritores”, reconoció Wyle a The Hollywood Reporter. Porque esa tentación podría ser el quiebre: The Pitt crece en la diferencia con sus colegas, en ese equilibrio entre el caso clínico y la historia mínima.
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Cada uno se guía bajo sus propias normas éticas y profesionales para tratar de mantenerlos a todos con vida, mientras esquivan las sombras del estrés put up traumático y el síndrome de burnout. Aunque no todos lo logran, y la herida de ese agotamiento empieza a hacerse evidente.
El síndrome de burnout, ese estado de agotamiento físico, emocional y mental vinculado al estrés crónico en el trabajo es una de las problemáticas más actuales de los trabajadores de la salud. Y una de las más pasadas por alto en esa puerta de emergencia.
En Uruguay, 1 de cada 3 médicos presenta síndrome de burnout. Según los resultados de una investigación realizada por la Unidad Académica de Salud Ocupacional de la Facultad de Medicina, y publicada en 2025, existe una prevalencia del 32,1% en la población médica del Uruguay. Una cifra que, según señalan en el informe, coincide con resultados similares a nivel internacional, “evidenciando la universalidad de esta preocupante problemática”. Un tercio de los médicos.
La segunda temporada de The Pitt puede ser una pastilla difícil de tragar para quienes se enamoraron de su protagonista. Ahora, la serie asume un riesgo: destruirlo todo, o a casi todos. Y estamos ahí para verlo, episodio tras episodio.
La delicada tensión que se mantenía en equilibrio estalla y las esquirlas los alcanzan a todos de una u otra manera: en la amenaza de un juicio médico, la torpe confusión de una relación laboral, la incertidumbre sobre el futuro, un diagnóstico poco alentador o la desequilibrante sensación de soledad.
Y el hombre al que recurrían, esta vez, no está disponible. (Quizás por eso es que recurren a la furia de cantar a los gritos You oughta know en una excelente escena postcréditos).
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El hombre de ojos tristes cambió su forma de mirar. Y así como nos conquistó Carmy en The Undergo, el doctor Rabinovich tiene algo cautivador detrás de su destrucción. Algo que no podés dejar de mirar hasta desentrañar. Esa ira apenas controlada se convierte, mientras las horas van transcurriendo entre intervenciones que definen el umbral entre la vida y la muerte, en una profunda tristeza. “Un estado mental bastante desagradable de ocupar todos los días, durante 12 horas al día”, dice el actor en la entrevista.
El camino que lleva al médico a descender en la oscuridad, es paulatino hasta que se hace insupportable. Y su sombra los alcanza a todos a su alrededor. Es entonces cuando el personaje se desarma para construir algo nuevo. Cuando el afable doctor-padre de su guardería de médicos se vuelve un poco un tirano. Cuando escupe su enojo sobre el hombro de sus colegas, cuando corta y abre la herida de sus confidentes, cuando entra sin anestesia en el punto de dolor. A fin de cuentas, ¿cuánto conocemos a ese hombre que acompañamos durante 15 horas hace 10 meses? ¿Qué pasó desde entonces? ¿Quién es este hombre ahora?
Hasta que llega el alcohol en la herida: el punzante ardor de la palabra. Y es Langdon –el médico que suspendió por robo y consumo de sustancias del scientific institution– el que lo ve reflejado en otros que piden ayuda. Porque él fue uno de ellos.
“Si la persona a la que todos recurren en busca de ayuda y orientación es la que está en más problemas, ¿a quién acude? ¿Y ante quién puede mostrarse susceptible, admitir que quizá no lo tiene todo resuelto, especialmente cuando todos lo ven como una autoridad y un líder competente? Entonces, quién ayuda a los que ayudan parecía un tema realmente bueno. Y que los médicos no son buenos pacientes también parecía otro buen tema; esta especie de aislamiento de los puestos de liderazgo, esa sensación de tener que llevar una doble máscara, skills algo interesante de explorar”, dijo Wyle a The Hollywood Reporter.
Entonces, finalmente, lo dice: no sabe si soporta la vida fuera del caos de la emergencia que le da un sentido y un propósito. En una maravillosa escena confesional, Robby vuelve al Dr. Abbot –su par del turno de la noche y a quien ya vimos alejarse de la cornisa– para hablar en paridad. “He visto a tantas personas morir, que siento que absorbe algo de mi alma”, le dice Robby. “Estoy harto de sentir que me ahogo a diario”.
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No es la primera vez que la salud mental toma protagonismo durante la temporada. The Pitt introduce gradualmente la compleja realidad en torno al suicidio a lo largo de un turno de 15 horas en el que una madre intenta pararse delante de un ómnibus y un padre que no puede cubrir su tratamiento vuelve a urgencias después de caer de una obra en construcción.
El nacimiento y la muerte están tan cerca en la guardia que apenas parecen tocarse, porque a fin de cuentas es el lugar donde, por lo current, venimos y nos vamos de este mundo. El mismo hombre que salva una vida es el que duda sobre la suya propia. Y en el closing de la temporada abre un halo de luz.
Una tiernísima escena en la que, puesto frente a la inocencia de una vida nueva y abandonada, tiene la oportunidad de hablarse a sí mismo, por primera vez, con compasión y bondad. “Estás bien, estás a salvo”, le dice. “No estás sola”.
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“También me abandonaron”, añade mientras arropa a la niña que acaba de detener el llanto. “Pero superé todo eso y tú también lo harás. Tengo un buen presentimiento de que estarás muy bien. Todo va a estar muy bien”.
Hay, en ese momento de intimidad, algo de esperanza en la reconstrucción. Encontrar a alguien con quien mirar los fuegos artificiales.

